Geometr’a en la naturaleza Al igual que Gaud’, cabe, pues, preguntarse cu‡- les son las formas utilizadas por la naturaleza y quŽ interŽs puede tener su aplicaci—n, si Žsta es posible, en el campo de la arquitectura. En esta cuesti—n, adem‡s, encontraremos los fundamentos formales de la arquitectura gaudiniana. Abordar del modo m‡s general la geometr’a de las formas naturales ser’a un intento, adem‡s de inœtil, sumamente complejo.
No se trata aqu’, pues, de elaborar un cat‡logo que resultar’a, al tiempo que interminable, tan inexpresivo como una gu’a telef—nica, sino m‡s bien de intentar arrojar algo de luz sobre un campo tan inexplorado como Žste, contempl‡ndolo en todo momento desde la —ptica que lleva al arquitecto a observar el mundo con los problemas y matices ligados a su quehacer particular, porque, siendo muchos los ge—logos, mŽdicos, bi—logos o zo—logos que han estudiado a fondo la forma de los elementos naturales, nadie hasta Gaud’ habl— de ellos desde el punto de vista arquitect—nico. Por otro lado, cabe recordar que las formas geomŽtricas con que se nos manifiesta la naturaleza en sus creaciones no poseen interŽs para la arquitectura por s’ mismas ni por capricho, sino en relaci—n con los efectos a que sirven. Puesto que nos movemos en un entorno determinado por lo natural y muchas veces tendremos que servir a esos mismos intereses, nos importa conocer las relaciones que los unen a las soluciones geom Žtricas que les da la naturaleza. Algunas veces estas formas naturales vendr ‡n dadas directamente, pero en otras ocasiones deber‡n ser deducidas a partir de la observaci—n de fen—menos. Tal es el principio que sigui— Antoni Gaud’, por ejemplo, para la construcci—n de algunas chimeneas en forma helicoidal. Gaud’ no vio ninguna chimenea helicoidal en la naturaleza, pero s’ observ—, quiz‡ en el taller de calderer’a de su padre, c—mo el humo asciende describiendo c’rculos por el espacio, y es por eso que, dotando a las chimeneas de una forma helicoidal, consigui— favorecer el efecto de evacuaci—n de humos, que antes s—lo se confiaba a la ascensi—n propia que produce la menor densidad y la mayor temperatura de Žstos frente al aire. Vale la pena apuntar aqu’ que, en adelante, al hablar de formas geomŽtricas concretas referidas a elementos naturales, nos referiremos a formas te—ricas asimilables a las mismas, precisamente porque no pretendemos realizar un minucioso y exacto estudio, a la vez que reconocemos en la naturaleza unas sensibles y cont’- nuas variaciones respecto de estos modelos te—- ricos, puesto que, tal como afirmaba Goethe, Žsta guarda preciosos secretos que nosotros somos incapaces de desvelar. Por ello, cuando se afirma por ejemplo, que un lirio es un helicoide desarrollable o que un fŽmur es un hiperboloide reglado, ello significa simplemente que entre todos los modelos te—ricos conocidos a travŽs de la geometr’a descriptiva Žstos son los que m‡s se aproximan a los citados elementos naturales. As’ pues, podemos afirmar que en la naturaleza, geomŽtricamente hablando, se encuentran todas las formas posibles, si bien unas abundan m‡s que otras. As’, mientras encontramos escasos ejemplos de figuras regulares, aparecen frecuentemente formas amorfas e inclasificables. Y mientras las primeras las utilizamos de adorno o las exponemos en un museo de historia natural por lo extraordinarias que nos parecen, las segundas las dejamos de lado sin prestarles mayor importancia porque no las entendemos. Es precisamente por ello, por la falta de medios que tenemos para controlarlas, que hemos desatendido estas formas que nos parecen irregulares, acogiŽndonos a lo que nos es m‡s f‡cil de objetivizar y reproducir con los instrumentos que contamos. En consecuencia, las formas naturales en su mayor’a han permanecido ocultas a los ojos de los arquitectos y constructores, sobre todo por la falta de medios que Žstos pod’an utilizar para conocerlas, controlarlas y ser capaces de reproducir, qued‡ndose para ello tan s—lo con una peque–a colecci—n de formas que se han denominado regulares y que, aunque ciertamente existen respondiendo a unas necesidades concretas, son escas’simas en la naturaleza. No obstante lo anterior, Gaud’ descubri— una familia de formas, abundant’simas en los tres reinos de la naturaleza, que f‡cilmente pueden ser transferidas a la construcci—n arquitect—- nica con el simple uso de herramientas tan sencillas como el propio cordel, utilizado ya desde antiguo por los alba–iles. Se trata de las formas derivadas de la geometr ’a reglada, l’neas rectas que se mueven en el espacio siguiendo unas sencillas leyes y que resultan luego camufladas en la continuidad de graciosas superficies curvas en el espacio. Dada su sencillez, as’ como la cantidad de ejemplos que de ellas podemos hallar en la naturaleza y la facilidad que presentan para adecuarlas a nuestros sistemas constructivos, estas formas ser‡n objeto de especial atenci—n al hablar, en adelante, de las formas arquitect—- nicas naturales.








